lunes, 20 de septiembre de 2010

Juan XXIII y Los Extraterrestres

Juan XXIII y los extraterrestres.

Por Mulder




El Papa Juan XXIII, escribió una seria de notas, respecto al futuro de la Iglesia Católica, los cambios políticos que se avecinaban en el mundo, así como los símbolos en los cielos y en la tierra, que precederían a la segunda venida de Cristo, con la consecuente restauración del "Reino de Dios en la Tierra".

Como sabemos, Juan XXIII no fue solamente un gran Papa para la Iglesia Católica, sino que más aún, fue un gran pensador y visionario, que trató de modificar algunas de las estructuras de poder que dominaban el aspecto político y económico de la Iglesia, pero lamentablemente no pudo, o no lo dejaron, ya que apareció muerto en su lecho, en forma muy sorpresiva y lamentable.

Otro de los aspectos importantes de la figura de este Papa, es un suceso muy llamativo que le acontece, marcando su vida y concepción respecto a la cosmovisión del Universo y el hombre.

Este suceso ocurrió en la localidad veraniega Papal de Castel Gandolfo en 1961 y es revelada por el secretario y asistente papal, 20 años después de su muerte, a un semanario inglés...

Narra el asistente: "El Papa y yo estábamos caminando a través del jardín, una noche del mes de julio de 1961, cuando observamos sobre nuestras cabezas una nave muy luminosa". "Era de forma oval y tenía luces intermitentes, de un color azul y ámbar". La nave pareció sobrevolar nuestras cabezas por unos minutos, para luego aterrizar sobre el césped, en el lado sur del jardín.

Un extraño ser salió de la nave: tenía forma humana, a excepción de que su cuerpo estaba rodeado de una luz dorada y tenía orejas más alargadas que las nuestras. Su Santidad y yo nos arrodillamos. No sabíamos lo que estábamos viendo, pero supimos que lo que fuese no era de este mundo; por lo tanto debía ser un acontecimiento celestial.

El Papa Juan XXIII y su encuentro con un V. E. D.

Rezamos y cuando levantamos nuestras cabezas, el ser todavía estaba allí. Esto nos comprobó que no era una visión lo que vimos. El Santo Padre se levantó y caminó hacia el ser.

Los dos estuvieron alrededor de 20 minutos uno frente al otro; se los veía gesticular como si hablaran, pero no se sentían sonidos de voces. Ellos no me llamaron, por lo que permanecí donde estaba y no pude oír nada de lo que hablaron.

Luego, el ser se dio la vuelta y caminó hacia su nave y enseguida se elevó. Su Santidad dio media vuelta hacia mi y me dijo:

LOS HIJOS DE DIOS ESTÁN EN TODAS PARTES; AUNQUE ALGUNAS VECES TENEMOS DIFICULTADES EN RECONOCER A NUESTROS PROPIOS HERMANOS...

Juan XXIII nunca quiso contarle a su asistente lo que hablaron en esa experiencia; después que el ser extraterrestre retornó a su nave y despegó, el Papa y yo continuamos nuestro paseo como si nada hubiese pasado.

Varias veces después de este suceso, su Santidad y el asistente caminaron a través del jardín, y sus ojos miraban hacia el cielo.

"El nunca dijo nada de platillos volantes, pero estoy seguro que ambos teníamos a los visitantes extraterrestres en nuestras mentes".

En algunas ocasiones el Papa fue sólo de paseo. Algunas veces el asistente, estaba seguro de que había OVNIs en el área. "Veía sus luces intermitentes, pero desde que su Santidad y yo paseamos juntos, no puedo decir si el los vio o no".

Esta es una experiencia muy impresionante, que deja abierto el interrogante para algunos, mientras que para otros, reafirma el contacto, como fue ayer de Uriel a Esdras, o de Gabriel a Daniel, o del "Ángel" a Zacarías, Isaías, Jonás, Ezequiel etc. Todas estas apariciones, con un parámetro común que es la profecía, o la revelación velada, para que sea el hombre mismo, en base a su evolución y entendimiento, el que la descifre y comprenda con el transcurso del tiempo.

Algunas características de la personalidad de Juan XXIII son interesantes de conocer, como ser:

El día antes de ser ordenado sacerdote, de ser ungido como tal, el entonces joven Ángelo Roncalli hizo, en Roma, algo muy extraño. Con el padre Luigi del Rosario recorrió Roma en un largo peregrinaje. Quizá no por casualidad visitó primeramente San Juan de Letrán, la basílica de los misterios; allí subió de rodillas la escalinata santa, la que subió Jesucristo para presentarse a Pilatos, y que Elena, la madre del emperador Constantino, mandó trasladar de Jerusalén a Roma.

Al término de aquella jornada de fatiga física pero de reposo espiritual, Ángelo Roncalli descansó largamente ante la tumba de Pablo de Tarso, en San Pablo Extramuros. Por la noche, en su diario, "El Diario del Alma", un libro de alto valor místico y de no escasos contenidos esotéricos, escribió: "¿Qué le dije al Señor aquella tarde, ante la tumba del apóstol de los gentiles? Secretum meum mihi". ¡Que mi secreto sea para mí!.

Pero alguien dijo una vez que no hay secreto que no deba ser revelado. Alguien, a quien la magia hizo voto de humildad, ofreciendo por medio de tres maestros de las tres partes del mundo, los magos herederos de los misterios sacros de Caldea, "Los dones simbólicos del Oro", (símbolo solar del conocimiento); "Del Incienso", (símbolo de la divinidad) y "De la Mirra", (símbolo de la inmortalidad), a un niño nacido bajo el signo, el prodigio del cielo, el signo que esperaban los Magos y que debía transformar el mundo.

Un día, Ángelo Rocalli sería el vicario en la tierra de ese alguien. Sería el sumo pontífice y elegiría el nombre de Juan, por el que muchos decenios atrás había demostrado ya predilección, como se verá en las profecías que él nos trasmitió.

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